Perder una amistad es como terminar un noviazgo... quizá peor
Perder una amistad también es un duelo: cuando alguien que lo fue todo se convierta en una desconocida
Hay perdidas de las que nadie nos enseña a hablar. Nos enseñan a superar rupturas amorosas, a entender que un noviazgo puede terminar y que es normal sentir tristeza por alguien que amamos. Pero pocas veces hablamos del dolor de perder una amistad.
Y quizá por eso duele tanto.
Hace poco termine una amistad que significaba mucho para mí. no fue solamente dejar de hablar con una persona; fue despedirme de una etapa de mi vida, de conversaciones interminables, de momentos que solo nosotras entendimos y de recuerdos que ahora existen en lugar extraño: un pasado que ya no pueda regresar.
Lo más desgarrador no es solamente que alguien se vaya, sino la manera en la que desaparecemos de la vida de una persona que alguna vez lo supo todo de nosotros.
Es extraño pensar que después de hablar durante días, meses o incluso años con alguien, después de compartir pensamientos, secretos, risas, preocupaciones y momentos que parecían pequeños pero que terminaron siendo importantes, llega un punto en el que simplemente dejamos de existir en la rutina de esa persona.
Pasamos de ser alguien a quien buscaban para contarle cualquier cosa, alguien presente en sus días, a convertirnos en un recuerdo lejano. Como si toda esa historia que construimos quedara guardada en un lugar al que ya nadie vuelve.
Y quizás una de las cosas más difíciles de aceptar es que cuando un ciclo con una persona termina, muchas veces nunca vuelves a encontrar a esa misma persona.
puedes verla algún día, cruzarte con ella o saber de ella, pero ya no será la persona que conociste. Porque las personas cambian, las etapas cambian y algunas conexiones pertenecen solamente al momento en el que ocurrieron.
A veces siento que cuando un ciclo realmente se cumple con alguien, la vida se encarga de poner una distancia que parecer definitiva. Como si esa versión de existido en ese capítulo y no pudiera repetirse en otro momento.
Amamos a nuestros amigos de una manera diferente, pero los amamos. Les entregamos tiempo, confianza, cariño y una parte de nuestra historia. Por eso cuando una amistad termina, no solo perdemos a una persona; perdemos la versión de nosotros mismos que existía junto a ellos.
Pero entre todo ese dolor también he aprendido algo: aunque una persona ya no forme parte de nuestra vida, eso no significa que se lleve todo lo que vivimos con ellos. Hay vínculos que terminan, pero dejan algo en nosotros. Nos enseñan como queremos ser tratados, que cosas debemos cuidar, que limites necesitamos poner y también nos recuerdan la capacidad tan grande que tenernos para querer a alguien.
Quizá la despedida no significa que todo término de una manera vacía. Quizá significa que una etapa cumplió su propósito y que ahora toca aprender a caminar con todo lo que esa experiencia nos dejó.
Porque, aunque hoy seamos desconocidas, alguna vez fuimos hogar la una para la otra. Y eso también merece ser recordado.
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